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EL FANTASMA DEL JARDÍN DE SAN MARCOS

  • Foto del escritor: Aguascalientes de México
    Aguascalientes de México
  • 7 ene
  • 2 Min. de lectura

En el año de 1851, don Mario Camino impulsó una de las celebraciones más importantes de la región de San Marcos, en Aguascalientes. Para darle mayor realce, convocó a destacadas personalidades de Guadalajara a participar en una exposición dedicada a la minería, la agricultura y las artes. Entre los asistentes se encontraba Felipe Rey Gonzales, quien instaló un pequeño puesto donde ofrecía abarrotes y diversos productos. Felipe habitaba en la zona norte del Jardín de San Marcos.

Al concluir aquella exitosa feria, Felipe obtuvo una ganancia considerable: cerca de ocho mil pesos, suma que añadió a sus ahorros hasta reunir aproximadamente cuarenta mil pesos. En esa época, muchas personas guardaban su dinero entre los colchones, aunque los ladrones conocían bien ese escondite. Por ello, Felipe optó por colocar su fortuna, junto con las joyas de su familia, dentro de una olla de barro que enterró bajo un frondoso fresno en el jardín.

Con el paso de los días, el hombre desarrolló la costumbre de caminar cada tarde cerca del árbol que protegía su tesoro. Incluso cuando se reunía con amigos, no dejaba de vigilar el fresno, y antes de dormir recorría el patio para asegurarse de que todo siguiera en su lugar. Su mayor obsesión era mantener a salvo su riqueza.

Una noche, durante una reunión, una discusión entre sus conocidos terminó de forma trágica cuando uno de ellos sacó un arma y le quitó la vida a otro. Al llegar las autoridades, Felipe fue detenido y llevado a prisión. Ahí su salud se deterioró gravemente, por lo que suplicó a la Virgen su libertad, prometiendo organizar una gran celebración con misa y música si lograba salir.

Tras nueve días fue liberado, pero la enfermedad continuó avanzando y poco tiempo después falleció. Desde entonces, vecinos y visitantes aseguran que su espíritu vaga cada tarde por el Jardín de San Marcos. Dicen que puede conversar con quienes caminan por el lugar, aunque su alma permanece atada al sitio, vigilando eternamente el tesoro que dejó enterrado bajo el viejo fresno.

 
 
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