LA LEYENDA DE EL NIÑO DEL SÓTANO DEL SANATORIO ESPERANZA


Cuentan los trabajadores más antiguos del Sanatorio Esperanza que, en los años 70, el hospital no sólo atendía adultos… también tenía un área para niños. Un ala pequeña, aislada y lúgubre, donde eran enviados los menores con enfermedades terminales.
Uno de esos niños era Isaac, un pequeño de seis años diagnosticado con una grave enfermedad pulmonar. Siempre andaba con su osito de felpa desgastado, y aunque tenía una mirada triste, rara vez lloraba. Pasaba el tiempo dibujando en las paredes con crayones, como si esperara a alguien.
Un día, sin razón aparente, Isaac desapareció. La enfermera que lo cuidaba dijo que había ido al baño y ya no volvió. Buscaron por todo el hospital, pero nadie lo encontró. Lo último que se supo de él fue una huella pequeña marcada con sangre en la puerta que da al sótano. Nadie quiso bajar.
Desde entonces, el hospital comenzó a llenarse de reportes extraños: quejidos infantiles, risas apagadas, puertas que se abrían solas. Incluso los pacientes más graves gritaban que un niño los veía dormir desde las esquinas del cuarto. Lo describían con los ojos hundidos, sin color, abrazando un muñeco sucio.
Años después, cuando el hospital fue abandonado, unos exploradores urbanos decidieron bajar al sótano. Entre escombros y humedad encontraron lo impensable: una pequeña camita oxidada, una manta infantil, y en medio de la nada, el dibujo de un niño… con los ojos completamente negros.
Desde entonces, quienes se atreven a entrar al sanatorio aseguran que, si bajas al sótano y permaneces en silencio, puedes escuchar pasos pequeñitos y una voz infantil que susurra:
—¿Has visto a mi mamá?
Pero cuidado. Si le respondes… Isaac se pega a ti. Y no se va.

